Memorias de un tren muerto

“Attention à la fermeture automatique des portes”

Esta es la frase que cantaba la megafonía en la estación de Austerlitz avisando de la inminente partida del tren.  La advertencia que pronunciaba siempre la misma voz femenina generaba sonrisas y miradas de complicidad entre los que trabajábamos en aquel Talgo III.  En ese tren no había cierre automático de puertas. Eramos nosotros los que llevábamos a cabo esa tarea cuando el tren emprendía la marcha.

Yo era de los que se quedaban con la puerta abierta para disfrutar de la lenta salida del talgo que se movíapor los cambios de aguja provocando sonidos metálicos.

Para los viajeros el cierre de las puertas marcaba el inicio de un viaje que atravesaría la noche de la Francia central para llegar, al amanecer, a las tierras secas del Empordà y acabar, tras un café y el reparto de la prensa, en la estación de Sants o en la de Francia.

Para nosotros, los uniformados auxiliares de a bordo, el viaje había comenzado la noche anterior en Barcelona. Una vez sonaba el silbato el tren se movía de manera pesada saliendo de la estación, entrando en túneles y pasando por andenes en los que esperaban viajeros de ordinarios cercanías. El Talgo dejaba atrás la periferia barcelonesa, con sus aires a ciudad latinoamericana, saludaba al Montseny primero, después a la catedral de Girona para llegar, ya de noche, a la mágica estación de Portbou; el final del mundo hispánico, la antesala de la Europa. Esa estación estaba castigada con un abandono y un silencio inmerecidos después de décadas guardando la memoria de este país y de este continente: el exilio republicano, los que escapaban del nazismo, los que hacían contrabando de bienes para enriquecerse de bienes o de ideas y personas para, además, luchar contra el Franquismo. Nosotros esperábamos unos minutos al lado de la iglesia neogótica de ese pueblo a una estación pegado antes de cambiar de máquina, de ancho y de interventor.

El viaje seguía por la noche profunda y, tras parar en Limoges, preciosa estación Art Nouveau del centro de Francia, el tren seguía hasta ver la luz entre campos de cereal inabarcables o en la periferia del París, según la época del año, antes de llegar a la decadente estación de Austerlitz.

Allí pasábamos un día entre compras, paseos y descansos, antes de ir por los bulevares a la estación para el regreso.

Pero lo importante para nosotros era el tiempo del viaje. El tiempo del tren. Allí pasábamos por los pasillos de vagón en vagón, con fajos de pasaportes, preparando los controles, abriendo camarotes y ayudando a los viajeros hasta que, a la medianoche, llegaba la cena y con ella la tertulia. Allí se juntaban viejos ferroviarios, nosotros, los jóvenes, mecánicos talgo, algún policía a veces. Allí escuchábamos viejas historias de los auxiliares talgo que, como mi padre, llevaban trabajando en esa línea desde 1974.

Esos “veteranos” explicaban cómo era aquel viaje cuando lo hacía el “pitufo”: el chato Talgo II de rayas grises y rojas. Contaban que antes, mucho antes, había una frontera entre Francia y España, que pasaba por Portbou separando la democrática, moderna e idealizada Francia y la dictadura de Franco, entonces moribunda pero dictadura al fin y al cabo. Narraban historias, verdaderas o falsas, de contrabando, de policías buscando a personas, de viajeros ilustres que en los setenta y ochenta eran viajeros habituales: conocidos empresarios, músicos, políticos, Carrillo entre otros, artistas becados como un joven Tàpies, actores, mujeres de presidentes de gobiernos autonómicos…

Todas esas personas, reconocidas, admiradas, poderosas, aparcaban al entrar en el Talgo su posado de superioridad y confiaban “su viaje”, con lo que eso suponía entonces, en manos de los auxiliares Talgo, conocedores como nadie de todos los significados de aquel trayecto internacional.

Treinta años después el perfil de los viajeros era muy diferente: familias catalanas con destino a Eurodisney, algún hombre de negocios despistado, inmigrantes que preferían la frontera de Portbou a la de Roissy-Charles de Gaulle…

También cambió el personal. En el año 1992 entramos muchos jóvenes estudiantes con familiares dentro del tren. Eramos la generación 252: el número de la flamante locomotora Siemens Krauss-Maffei que había entrado en funcionamiento ese mismo año y que remolcaba normalmente el tren hasta Portbou. Muchos de nosotros compagiábamos los estudios con el trabajo sobre los raíles y descubrimos allí geografías, olores, acentos y la noche en el tren. En los trenes de Barcelona a París, Sevilla, Zurich, Milán o Coruña mirábamos al futuro pero también escuchábamos al pasado de la boca de ferroviarios de verdad que, en alguna ocasión, a mí me hicieron callar para que escuchase los sonidos que hacía el talgo en movimiento.

Después de nuestra generación llegó la de jóvenes más precarios que nosotros con contratos que no les permitían el tiempo suficiente para conocer la música y el olor del tren.

Con estos pasajeros y con los viejos auxiliares talgo jubilados el tren se fue apagando. Fue la competencia del avión primero, la del TGV después y una gestión más propia de los años 50 que del siglo XXI lo que condenó a muerte los trenhotel o elipsos. Para nosotros, los Talgos internacionales.

Desde ayer, con la entrada en funcionamiento de la alta velocidad, todo eso es pasado. Es ya parte de una historia, la ferroviaria, que no tiene ni épica ni héroes ni grandes titulares y tan solo unas pocas personas para recordarla.

Yo soy una de ellas, y no solo por haber compaginado durante siete años la carpeta de la universidad con la bolsa de viaje y el uniforme. Para mí la historia del Talgo se mezcla con la memoria familiar. La inauguración de la línea en 1974 fue lo que trajo a mi padre a Cataluña desde Madrid. Fue ese trabajo el que hizo que desde pequeño creciese conociendo los quesos franceses, las galletas kosher, el couscous y frutas extrañas, productos imposibles de conseguir aquí y de consumo masivo allí.

Todas aquellas mercancías llevaba mi padre en el bolso cuando volvía de París. Al llegar, los hermanos las sacábamos una a una como si fuesen tesoros de un país lejano, con etiquetas y mensajes escritos en una lengua que, con cinco años, se me antojaba imposible de aprender.

Esa fascinación debió alimentar mi francofilia, ahora ya en estado incurable.

Imagino que con la muerte del trenhotel irán languideciendo espacios como Portbou, Austerlitz o Limoges. Pero que el AVE consiga borrar su recuerdo dependerá de nosotros, los que conservamos todavía la memoria de los años del talgo, los que recordamos detalles para nosotros tan llenos de contenido como aquel “Attention à la fermeture automatique des portes”.

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One response to “Memorias de un tren muerto

  1. Sin recuerdos no hay futuro. Estoy seguro de eso, y de que a los hombres se les mide por la hondura, y por la altura de sus recuerdos.

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