Yo no soy homófobo pero…

Efectivamente: casi nadie se considera a sí mismo homófobo. Casi nadie dice tener sentimientos contra los gays. Es decir: casi nadie quiere que se lesione o que se elimine físicamente a los gays, ni que se les deporte o se les encierre en campos de concentración, como se hizo por cierto en España hasta 1979. Todos aceptan que los gays pueden compartir con nosotros, los heterosexuales, la mayoría de espacios de nuestra sociedad.

Seguramente piensan eso muchos de los que hace unos meses se manifestaban en las calles francesas contra una reforma del derecho de familia que legalizaba los matrimonios entre personas del mismo sexo, manifestaciones que derivaron en ataques a homosexuales, proclamas homófobas, etc.

¿Por qué se rechaza la plena igualdad si no tenemos nada en contra de los gays?

El problema, creo,  viene porque el reconocimiento jurídico de la plena igualdad es una amenaza para el discurso hegemónico, que es el que privilegia la heterosexualidad y discrimina o somete al homosexual. De la situación de subordinación del gay depende que el heterosexual pueda seguir ejerciendo su poder simbólico y no tan simbólico y siga manteniendo su discurso hegemónico.

No hablo del poder macro, del poder del Estado pero sino del “micropoder” o poder difuso, aquel del que hablaba Foucault y que se puede manifestar con el uso del lenguaje: expresiones como “maricón”, “mariquita”, “moñas” (durante el Franquismo se hablaba de invertidos), discursos que diferencian a los gays de las “personas normales”, rechazo social a la muestra de afecto entre homosexuales en público…. Se trata de herramientas de ese poder difuso que el Estado puede combatir reconociendo la plena igualdad o castigando la homofobia. Pero no es el Estado el que lo ejerce sino la sociedad, yo, tú él, nosotros.

Nadie tiene nada en contra de los gays. Nadie quiere que se les encierre o se les castigue. Pero no todos los heterosexuales están dispuestos a perder ese poder difuso que se ejerce con el lenguaje, con la violencia simbólica.

Ahí está el problema: la igualdad amenaza la hegemonía de un discurso y el poder que mediante él se ejerce. Una cosa es aceptar la existencia de personas “diferentes” del patrón marcado por la mayoría. Otra cosa es que esas personas compartan el poder con la mayoría.

“Yo no tengo nada contra los homosexuales pero… si les aceptamos en plano de igualdad yo, heterosexual, salgo perdiendo. Tendré que aceptar al otro como igual en la escuela, en el puesto de trabajo, en el CAP o en el AMPA de la escuela”.

De ahí la importancia, creo yo, del “outing” y de la lucha por los derechos. El homosexual no molesta dentro del armario, ni siquiera cuando sale de él pero acepta su situación de subordinación y “anormalidad”.

De ahí vino en parte la virulencia de los manifestantes en Francia contra la igualdad de derechos y de ahí la agresiones a homosexuales que se siguen dando hoy: los manifestantes defendían su poder, la hegemonía de su discurso amenazada por el reconocimiento de derechos a los homosexuales.

Era la “manif pour tous” porque todos cabían en ella previa aceptación del discurso del poder, claro.

Me pregunto si no estará pasando algo similar en otras latitudes y con otros discursos. Me viene a la cabeza Cataluña y los discursos nacionalistas españoles (unionistas o estatalistas) y el “outing” reciente del independentismo. Me pregunto por qué hay grupos nacionalistas como Ciutadans o el PP que hablan de ruptura de la convivencia, de conflicto, de fractura y por qué el PSC se apunta a este discurso. ¿No será porque  están perdiendo el poder que les daba poseer un discruso hasta hace poco hegemónico?

Hasta hace muy poco el independentismo era marginal, incluso “folclórico” (gran instrumento de dominación la palabra “folclore”, por cierto. El independentismo era considerado por el discurso dominante como provinciano, inculto, opuesto a la naturaleza de las cosas o al cosmopolitismo por los diferentes nacionalismos españoles que tratan al catalán como un “patois”.

En pocos años los independentismos han salido del armario, han crecido. Se han generado nuevos independentismos diferentes de los ya existentes. Sus discursos comparten ahora espacio con los discursos antiindependentistas. Y los diferentes nacionalismos españoles, los que apelan a las esencias y a la religión, los neofranquistas o los supuestamente cosmopolitas, pierden la hegemonía, el poder, la situación de superioridad que tenían.

Desgraciadamente lo de hoy aquí no es nuevo.

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