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España y la memoria del Holocausto

El Holocausto forma parte ya de la memoria global de nuestro tiempo. Como señalaban Daniel Levy y Natan Sznaider la Shoá resulta imprescindible a la hora de explicar el desarrollo de una memoria cosmopolita cada vez más fuerte. Esta cultura se difunde a través de ensayos, congresos, memoriales pero también mediante películas y novelas. La conmemoración del día del Holocausto constituye un momento importante en la construcción de esta nueva memoria global.

El papel de la memoria del Holocausto juega una función diferente según la experiencia histórica de cada colectivo y también dependiendo de las políticas públicas de memoria de cada país: así, la narración del Holocausto ha jugado juegan un papel muy importante en las identidades de países como Alemania, Estados Unidos, Israel o Francia. Ultimamente también se busca legitimar el proyecto europeo en base a la historia en general y a la II Guerra Mundial en particular

España claramente pretende participar de esta memoria colectiva mundial. Pero en mi opinión lo hace presentándose con un papel que, de acuerdo con lo que dicen libros y archivos sobre su papel en la Guerra y en la deportación y el Holocausto, no le correspondería.

España sí participa en el conflicto bélico mundial. Al apoyo de Franco a la industria de guerra alemana hay que sumar el envío de la División Azul al frente de Rusia y la responsabilidad por acción o por omisión del Estado español en la deportación de españoles republicanos a los campos nazis y la colaboración con las autoridades alemanas en la deportación de judíos españoles y no españoles. Se ha destacado el papel de algunos diplomáticos en la salvación de judíos, pero se omite decir que, hasta 1944, estos pocos diplomáticos contravenían las instrucciones de Madrid que ordenaban pasividad ante las peticiones de protección de los judíos españoles en los Balcanes o en Centroeuropa porque, según el Ministerio de Exteriores, no podían ser equiparados a los españoles “nacidos en España, hijos de españoles y educados en el ambiente y el espíritu de España”. Solo al final de la guerra y para congraciarse con los Estados Unidos se decidió aprovechar la labor de algunos diplomáticos que hasta entonces habían ayudado a judíos desobedeciendo las órdenes de Madrid. Pero ni en esa ocasión se permitió que judíos españoles se quedasen en España y se ordenó que atravesasen el país “como la luz atraviesa el cristal”.

¿Qué papel juegan la deportación de republicanos y el Holocausto en la memoria colectiva de España?

El cinismo de Franco le llevó a tapar su colaboración con el nazismo y a destacar actos individuales de algunos diplomáticos. En 1945 se construye un relato en el que se presenta a Franco como salvador de miles de judíos del Holocausto en Budapest, en Grecia y en España. Este relato no sirvió para que la España de Franco fuese admitida en la ONU pero sí para adaptar la fachada del régimen después de la derrota del nazismo.

Este relato oficial no se modifica ni durante la transición ni en democracia. No hubo reconocimiento público de las víctimas españolas del nazismo ni referencia oficial a los españoles republicanos y mucho menos a los españoles judíos. A día de hoy todavía no hay un día oficial de conmemoración de las víctimas del franco-fascismo.

Eso explica que, cuando a finales de los 90 se globaliza e incluso se comercializa el relato del Holocausto, España apuesta por participar en esta nueva memoria cosmopolita partiendo de ese relato del Franquismo. En lugar de reconocer la alianza con Hitler y la responsabilidad española en la deportación de republicanos y judíos, se presenta a España como país que ayudó a los judíos. Se utilizan las acciones de algunos diplomáticos de los años finales de la guerra para poder presentar a España como cuna de varios Justos entre las Naciones: los no judíos que se arriesgaron para salvar vidas judías.

Esto se percibe en la exposición “Visados por la libertad” del Ministerio de Asuntos Exteriores y Casa Sefarad. Pese al excelente trabajo del investigador Alejandro Baer, uno de los impulsores de la exposición, el Ministerio, evita referencias al como mínimo ambiguo papel de Franco. También encontramos este relato que sitúa a España al lado de los aliados en el preámbulo del reciente proyecto de Ley que reconoce la nacionalidad española a los sefarditas: nula referencia a la alianza hispano-alemana en los años treinta y cuarenta y utilización de los diplomáticos españoles

A España le cuesta abandonar un relato que omite la participación de España en la II Guerra Mundial y en la deportación y el Holocausto y el proyecto de exterminio del enemigo interior. Pretende aparecer del lado de los Justos entre las Naciones en este relato global que se va construyendo. Esto también supone una forma de burlar a las víctimas y de banalizar el Holocausto. En lugar de educar y prevenir, el Estado español se aprovecha de la terrible experiencia de la Shoá para pulir su “Marca” en el ámbito internacional.

Y esto tiene obviamente consecuencias en la construcción de la identidad colectiva. La democracia y la “marca” de un país también se pueden construir reconociendo que en España hubo un régimen fascista y antisemita que colaboró con la deportación de españoles, republicanos y judíos, y que asesinó a cientos de miles en el interior. También se mejora la imagen de España dando justicia, verdad y reparación a las víctimas. Pero plantear la memoria de esta manera supone revisar la dictadura e indirectamente también la transición.

El Estado prefiere una conmemoración del Holocausto vacía de contenido y alimentada de lo que algunos autores han llamado laindustria del Holocausto”. Y esto se da precisamente en un país en el que crecen el antisemitismo y la extrema derecha. A estos fenómenos se les combate cultivando un relato oficial y una memoria que asuma el pasado oscuro y reconozca a las víctimas del franco-fascismo en España y en los campos nazis. De lo contrario se corre el riesgo de cultivar la memoria banal de la industria del Holocausto que, como decía el autor de esta expresión, se construye a costa de las víctimas judías del nazismo.

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Yo no soy homófobo pero…

Efectivamente: casi nadie se considera a sí mismo homófobo. Casi nadie dice tener sentimientos contra los gays. Es decir: casi nadie quiere que se lesione o que se elimine físicamente a los gays, ni que se les deporte o se les encierre en campos de concentración, como se hizo por cierto en España hasta 1979. Todos aceptan que los gays pueden compartir con nosotros, los heterosexuales, la mayoría de espacios de nuestra sociedad.

Seguramente piensan eso muchos de los que hace unos meses se manifestaban en las calles francesas contra una reforma del derecho de familia que legalizaba los matrimonios entre personas del mismo sexo, manifestaciones que derivaron en ataques a homosexuales, proclamas homófobas, etc.

¿Por qué se rechaza la plena igualdad si no tenemos nada en contra de los gays?

El problema, creo,  viene porque el reconocimiento jurídico de la plena igualdad es una amenaza para el discurso hegemónico, que es el que privilegia la heterosexualidad y discrimina o somete al homosexual. De la situación de subordinación del gay depende que el heterosexual pueda seguir ejerciendo su poder simbólico y no tan simbólico y siga manteniendo su discurso hegemónico.

No hablo del poder macro, del poder del Estado pero sino del “micropoder” o poder difuso, aquel del que hablaba Foucault y que se puede manifestar con el uso del lenguaje: expresiones como “maricón”, “mariquita”, “moñas” (durante el Franquismo se hablaba de invertidos), discursos que diferencian a los gays de las “personas normales”, rechazo social a la muestra de afecto entre homosexuales en público…. Se trata de herramientas de ese poder difuso que el Estado puede combatir reconociendo la plena igualdad o castigando la homofobia. Pero no es el Estado el que lo ejerce sino la sociedad, yo, tú él, nosotros.

Nadie tiene nada en contra de los gays. Nadie quiere que se les encierre o se les castigue. Pero no todos los heterosexuales están dispuestos a perder ese poder difuso que se ejerce con el lenguaje, con la violencia simbólica.

Ahí está el problema: la igualdad amenaza la hegemonía de un discurso y el poder que mediante él se ejerce. Una cosa es aceptar la existencia de personas “diferentes” del patrón marcado por la mayoría. Otra cosa es que esas personas compartan el poder con la mayoría.

“Yo no tengo nada contra los homosexuales pero… si les aceptamos en plano de igualdad yo, heterosexual, salgo perdiendo. Tendré que aceptar al otro como igual en la escuela, en el puesto de trabajo, en el CAP o en el AMPA de la escuela”.

De ahí la importancia, creo yo, del “outing” y de la lucha por los derechos. El homosexual no molesta dentro del armario, ni siquiera cuando sale de él pero acepta su situación de subordinación y “anormalidad”.

De ahí vino en parte la virulencia de los manifestantes en Francia contra la igualdad de derechos y de ahí la agresiones a homosexuales que se siguen dando hoy: los manifestantes defendían su poder, la hegemonía de su discurso amenazada por el reconocimiento de derechos a los homosexuales.

Era la “manif pour tous” porque todos cabían en ella previa aceptación del discurso del poder, claro.

Me pregunto si no estará pasando algo similar en otras latitudes y con otros discursos. Me viene a la cabeza Cataluña y los discursos nacionalistas españoles (unionistas o estatalistas) y el “outing” reciente del independentismo. Me pregunto por qué hay grupos nacionalistas como Ciutadans o el PP que hablan de ruptura de la convivencia, de conflicto, de fractura y por qué el PSC se apunta a este discurso. ¿No será porque  están perdiendo el poder que les daba poseer un discruso hasta hace poco hegemónico?

Hasta hace muy poco el independentismo era marginal, incluso “folclórico” (gran instrumento de dominación la palabra “folclore”, por cierto. El independentismo era considerado por el discurso dominante como provinciano, inculto, opuesto a la naturaleza de las cosas o al cosmopolitismo por los diferentes nacionalismos españoles que tratan al catalán como un “patois”.

En pocos años los independentismos han salido del armario, han crecido. Se han generado nuevos independentismos diferentes de los ya existentes. Sus discursos comparten ahora espacio con los discursos antiindependentistas. Y los diferentes nacionalismos españoles, los que apelan a las esencias y a la religión, los neofranquistas o los supuestamente cosmopolitas, pierden la hegemonía, el poder, la situación de superioridad que tenían.

Desgraciadamente lo de hoy aquí no es nuevo.

Memorias de un tren muerto

“Attention à la fermeture automatique des portes”

Esta es la frase que cantaba la megafonía en la estación de Austerlitz avisando de la inminente partida del tren.  La advertencia que pronunciaba siempre la misma voz femenina generaba sonrisas y miradas de complicidad entre los que trabajábamos en aquel Talgo III.  En ese tren no había cierre automático de puertas. Eramos nosotros los que llevábamos a cabo esa tarea cuando el tren emprendía la marcha.

Yo era de los que se quedaban con la puerta abierta para disfrutar de la lenta salida del talgo que se movíapor los cambios de aguja provocando sonidos metálicos.

Para los viajeros el cierre de las puertas marcaba el inicio de un viaje que atravesaría la noche de la Francia central para llegar, al amanecer, a las tierras secas del Empordà y acabar, tras un café y el reparto de la prensa, en la estación de Sants o en la de Francia.

Para nosotros, los uniformados auxiliares de a bordo, el viaje había comenzado la noche anterior en Barcelona. Una vez sonaba el silbato el tren se movía de manera pesada saliendo de la estación, entrando en túneles y pasando por andenes en los que esperaban viajeros de ordinarios cercanías. El Talgo dejaba atrás la periferia barcelonesa, con sus aires a ciudad latinoamericana, saludaba al Montseny primero, después a la catedral de Girona para llegar, ya de noche, a la mágica estación de Portbou; el final del mundo hispánico, la antesala de la Europa. Esa estación estaba castigada con un abandono y un silencio inmerecidos después de décadas guardando la memoria de este país y de este continente: el exilio republicano, los que escapaban del nazismo, los que hacían contrabando de bienes para enriquecerse de bienes o de ideas y personas para, además, luchar contra el Franquismo. Nosotros esperábamos unos minutos al lado de la iglesia neogótica de ese pueblo a una estación pegado antes de cambiar de máquina, de ancho y de interventor.

El viaje seguía por la noche profunda y, tras parar en Limoges, preciosa estación Art Nouveau del centro de Francia, el tren seguía hasta ver la luz entre campos de cereal inabarcables o en la periferia del París, según la época del año, antes de llegar a la decadente estación de Austerlitz.

Allí pasábamos un día entre compras, paseos y descansos, antes de ir por los bulevares a la estación para el regreso.

Pero lo importante para nosotros era el tiempo del viaje. El tiempo del tren. Allí pasábamos por los pasillos de vagón en vagón, con fajos de pasaportes, preparando los controles, abriendo camarotes y ayudando a los viajeros hasta que, a la medianoche, llegaba la cena y con ella la tertulia. Allí se juntaban viejos ferroviarios, nosotros, los jóvenes, mecánicos talgo, algún policía a veces. Allí escuchábamos viejas historias de los auxiliares talgo que, como mi padre, llevaban trabajando en esa línea desde 1974.

Esos “veteranos” explicaban cómo era aquel viaje cuando lo hacía el “pitufo”: el chato Talgo II de rayas grises y rojas. Contaban que antes, mucho antes, había una frontera entre Francia y España, que pasaba por Portbou separando la democrática, moderna e idealizada Francia y la dictadura de Franco, entonces moribunda pero dictadura al fin y al cabo. Narraban historias, verdaderas o falsas, de contrabando, de policías buscando a personas, de viajeros ilustres que en los setenta y ochenta eran viajeros habituales: conocidos empresarios, músicos, políticos, Carrillo entre otros, artistas becados como un joven Tàpies, actores, mujeres de presidentes de gobiernos autonómicos…

Todas esas personas, reconocidas, admiradas, poderosas, aparcaban al entrar en el Talgo su posado de superioridad y confiaban “su viaje”, con lo que eso suponía entonces, en manos de los auxiliares Talgo, conocedores como nadie de todos los significados de aquel trayecto internacional.

Treinta años después el perfil de los viajeros era muy diferente: familias catalanas con destino a Eurodisney, algún hombre de negocios despistado, inmigrantes que preferían la frontera de Portbou a la de Roissy-Charles de Gaulle…

También cambió el personal. En el año 1992 entramos muchos jóvenes estudiantes con familiares dentro del tren. Eramos la generación 252: el número de la flamante locomotora Siemens Krauss-Maffei que había entrado en funcionamiento ese mismo año y que remolcaba normalmente el tren hasta Portbou. Muchos de nosotros compagiábamos los estudios con el trabajo sobre los raíles y descubrimos allí geografías, olores, acentos y la noche en el tren. En los trenes de Barcelona a París, Sevilla, Zurich, Milán o Coruña mirábamos al futuro pero también escuchábamos al pasado de la boca de ferroviarios de verdad que, en alguna ocasión, a mí me hicieron callar para que escuchase los sonidos que hacía el talgo en movimiento.

Después de nuestra generación llegó la de jóvenes más precarios que nosotros con contratos que no les permitían el tiempo suficiente para conocer la música y el olor del tren.

Con estos pasajeros y con los viejos auxiliares talgo jubilados el tren se fue apagando. Fue la competencia del avión primero, la del TGV después y una gestión más propia de los años 50 que del siglo XXI lo que condenó a muerte los trenhotel o elipsos. Para nosotros, los Talgos internacionales.

Desde ayer, con la entrada en funcionamiento de la alta velocidad, todo eso es pasado. Es ya parte de una historia, la ferroviaria, que no tiene ni épica ni héroes ni grandes titulares y tan solo unas pocas personas para recordarla.

Yo soy una de ellas, y no solo por haber compaginado durante siete años la carpeta de la universidad con la bolsa de viaje y el uniforme. Para mí la historia del Talgo se mezcla con la memoria familiar. La inauguración de la línea en 1974 fue lo que trajo a mi padre a Cataluña desde Madrid. Fue ese trabajo el que hizo que desde pequeño creciese conociendo los quesos franceses, las galletas kosher, el couscous y frutas extrañas, productos imposibles de conseguir aquí y de consumo masivo allí.

Todas aquellas mercancías llevaba mi padre en el bolso cuando volvía de París. Al llegar, los hermanos las sacábamos una a una como si fuesen tesoros de un país lejano, con etiquetas y mensajes escritos en una lengua que, con cinco años, se me antojaba imposible de aprender.

Esa fascinación debió alimentar mi francofilia, ahora ya en estado incurable.

Imagino que con la muerte del trenhotel irán languideciendo espacios como Portbou, Austerlitz o Limoges. Pero que el AVE consiga borrar su recuerdo dependerá de nosotros, los que conservamos todavía la memoria de los años del talgo, los que recordamos detalles para nosotros tan llenos de contenido como aquel “Attention à la fermeture automatique des portes”.

La continuidad jurídica del Franquismo en persona

El diario “Ara” publica hoy que el abogado de Alicia Sánchez Camacho, presidenta del PP catalán, fue el Juez ponente del caso Puig Antich y, por tanto, el que redactó y argumentó la condena a muerte.

Hemos tardado 39 años en descubrir que tan infame juez seguía en activo como abogado defensor y profesor asociado en una universidad privada. Se trata sin duda de una prueba más de la continuidad de la cultura jurídica franquista en el sistema jurídico actual. La Santa Constitución fue el resultado de un proceso que ni fue pacífico ni fue libre y en el que no se planteó ningún proceso de justicia transicional: ni juicios penales a los responsables de la represión, ni anulación de sentencias de la justicia franquista, ni revisión en profundidad del derecho y mucho menos se planteó, y aquí está el meollo de la cuestión actual, una reforma de la administración para depurar los elementos de la judicatura, la fiscalía, la policía, etc. vinculados a la violación de derechos.

No se trataba de ejecutar  un ajuste de cuentas: la reforma de la administración se considera un elemento fundamental en las transiciones a la democracia y se basa en una idea fácilmente comprensible: una persona del aparato represor de una dictadura no puede ejercer un cargo en democracia, al menos sin previo examen, porque reproduciría durante el ejercicio de su cargo su concepción autoritaria del derecho, la moral y los derechos humanos.

De esos polvos estos lodos: jueces que en los ochenta no entendían el concepto de libertad sexual, magistrados del tribunal supremo que desautorizan al tribunal constitucional y lo que descubrimos ahora: responsables de la represión vinculados a sentencias escandalosamente injustas en activo como abogados y profesores. El agente jurídico en cuestión alega que la ley era justa hace cuarenta años y que él la aplicó sin más. Esto resulta especialmente preocupante teniendo en cuenta que este señor está formando a nuevas generaciones de juristas en una facultad de derecho.

El caso que ahora sale a la luz debe hacernos reflexionar sobre dos puntos. ¿Cómo ha podido la sociedad ignorar durante 39 años que este jurista continuaba en activo en tareas de abogado y docente? ¿Continuaremos juristas y no juristas permitiendo que la impunidad sea un elemento de la cultura jurídica española?

De la historia en migajas de ayer, estos discursos franquistas de hoy

En 2003 escribía en la revista Rechtsgeschichte sobre el Boom editorial y periodístico del Franquismo. Tras años de olvido por parte de muchos, el Franquismo se convertía en trending topic: novelas, películas, documentales y un nuevo género, el pseudo ensayo histórico sobre la guerra civil o el Franquismo,  hicieron que la dictadura ocupase no solo los discursos académicos sino también los políticos y los mediáticos.

Obviamente esto tenía un aspecto positivo: la generación de los nietos de la guerra civil conseguía por fin que se tematizase la dictadura y las graves violaciones de los derechos humanos y la falta de justicia y reparación.

Pero este “boom” comercial del Franquismo tenía unos riesgos que ahora, diez años más tarde, se ven confirmados: la frivolización y banalización de la dictadura o, peor aún, su legitimaxión por vía (pseudo-) historiográfica. Muchas obras que se publicaban con el apoyo de grandes grupos mediáticos transmitían una versión de la dictadura que congeniaba con los verdugos y relativizaba el sufrimiento de las vícitimas. Como ese discurso se canalizaba mediante libros de cosnumo masivo o documentales de baja calidad los historiadores, con escasas excepciones, no entraban al trapo. Y eso fue un error.

Ya lo había advertido François Dosse: la historia en migajas, es decir, esa historia comercial que nutre ensayos vendidos masivamente, no es nada despreciable: contiene y transmite una determinada cultura histórica y, con ella, también una cultura democrática o más bien antidemocrática.

Estoy pensando ahora en los libros de César Vidal o Pío Moa. Ninguno de ellos pasaría el filtro de un tribunal académico. Ý no porque sus autores no tengan títulos universitarios sino porque no siguen ningún tipo de metodología científica y buscan tan solo demostrar una tesis política: que la guerra civil la comenzaron en 1934 el PSOE y “la Esquerra”, que el Franquismo modernizó España y permitió su transición al capitalismo moderno y  a la democracia, que la represión en la zona republicana fuer más dura que en la zona sublevada… Estas afirmaciones son falsas historiográficamente hablando y transmiten una serie de ideas y valores:  la inevitabilidad de la guerra, el carácter no democrático de la II República, el carácter relativo del sufrimiento de las víctimas de la dictadura…

La cultura que transmite la historia en migajas de los Pio Moa y César Vidal pero también la que transmite el polémico diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia, cala en amplios sectores sociales y políticos. Y lo hace en parte porque, durante el periodo 2003-2010, el del tripartito en Cataluña y el PSOE en España, no se impulsan con valor políticas públicas de memoria ni se hace justicia con las víctimas

En esos años periodo la sociedad demandaba justicia, memoria y reparación y el Estado respondió conuna ley de memoria cobarde y el gobierno catalán con unas políticas de memoria que, por su diseño, no aguantaron el cambio de gobierno de 2010

Se dejaron temas abiertos y se creó un discurso con importantes silencios: la no anulación de las sentencias del Franquismo, la no asunción de responsabilidades por parte del Estado, heredero del franquista, los defectos en la creación y gestión del Memorial Democràtic.. Y ya se sabe: cuando hay un espacio vacío el otro puede llenarlo.

Es lo que está pasando en este momento, una década después de aquel boom. Ese discurso revisionista, acientífico y legitimador de la dictadura y de la transición es ahora el del partido en el gobierno. Y está invirtiendo esfuerzos y recursos en transmitirlo:  se recortan las ayudas previstas en la mal llamada ley de memoria. Se rechaza convertir el 18 de julio en un día de conmemoración de la dictadura. Se homenajea, de nuevo, a la División Azul y se banaliza y frivoliza constantemente el nazismo acusando a estudiantes, activistas sociales o partidos democráticos de nazis.

Lo que sucede ahora es fruto de la falta de valor de los gobierno de centro izquierda que no supo ver que, mientras no anulaba las sentencias o apoyaba tímidamente la recuperación de la memoria, la derecha postfranquista construía, a partir de las migajas de Pio Moa y compañía, un discurso revisionista y postfranquista que ahora se está convirtiendo en hegemónico.

Las políticas de memoria del periodo 2003-2010, débiles ya desde su nacimiento, están tocadas de muerte y no pueden hacer frente a  la relativización cuando no alabanza del Franquismo de partido en el gobierno y de sus aliados.

Ahora Convergència y el PSOE se lamentarán de esa derecha postfranquista ya sin complejos. Pero fue su falta de valentía, ayer en Madrid, en Barcelona todavía hoy, la que ha dado fuerza a unos discursos que no no miran solamente al pasado sino que construyen un presente y un futuro.

Banalització del nazisme i polítiques públiques de memòria

La banalització del nazisme és, avui, “trending topic” a l’estat espanyol.

María Dolores de Cospedal qualifica els “escraches” de la PAH com “nazismo en estado puro”. L’exrector de la UPF compara uns estudiants que protestaven amb els estudiants nazis als anys trenta.  Mariscal diu que les manifestacions de l’onze de setembre li recorden Nuremberg.  A la ràdio es parla de “gobierno nacional-socialista de Cataluña”.  Albert Rivera equipara nacionalisme amb nazisme…

Es tracta d’un fenomen insòlit a l’Europa a la que tant ens agrada emmirallar-nos. Ni a Alemanya ni a França ni a Itàlia es donen aquests discursos perque, això és el més greu, ofenen sobretot la memòria de les víctimes del nazisme, que, per cert, no només foren les de l’Holocaust, com ara pretenen presentar-nos des de la dreta.

No és estrany ni casual que aquesta banalització es doni a l’estat amb una memòria democràtica més feble de tota Europa occidental.  Una de les conseqüències d’aquella exemplar transició que ens volen vendre fou l’abandó i l’oblit. No hagué cap procés de justícia transicional: ni processos penals, ni neteja de l’administració ni, i això interessa aquí i ara, polítiques  públiques de memòria, element importantíssim d’aquest tipus de procés.

I d’aquella transició aquest abús obscè del passat d’Europa. A Espanya no hi ha hagut ni memòria pública ni educació. Està clar doncs l’origen d’aquest tractament del nazisme (i del Franquisme). Quan la “generació dels néts” es va obrir pas reclamant memòria i dignitat per a les víctimes, l’Estat espanyol va respondre amb una vergonyosa “Llei de memòria històrica”. A Catalunya, amb pocs recursos i molts desencerts es va crear el Memorial democràtic que precisament tenia la funció de desenvolupar les polítiques de memòria.

No és d’estranyar que, aquells grups polítics que més destaquen en la banalització del nazisme a casa nostra, PP i Ciutadans, no recolzaren la llei de creació del Memorial Democràtic. El PP, a més, amenaçava a Madrid amb una guerra civil si s’aprovava la poruga llei de memòria

Sí que estranya, i fins i tot indigna, que el partit en el govern a Catalunya, CiU, demani ara la penalització de la banalització del  nazisme quan precisament està desarticulant el Memorial democràtic, la institució que s’havia d’encarregar de promoure les polítiques de memòria.

No es pot posar el crit al cel per la banalització del nazisme i menysprear el mandat estatutari i legislatiu d’impulsar polítiques públiques de memòria per a difondre el que foren les dictadures i les lluites per la llibertat.

Ens arrisquem a tenir encara una generació que ignori i banalitzi coses com el nazisme.

 

¡Es el derecho de manifestación!

Sé que en Europa no es oro todo lo que reluce. También sé que los recuerdos personales con frecuencia no ayudan a objetivizar la experiencia sino más bien a distorsionarla. Pero en estos días convulsos en Cataluña no puedo evitar evocar las manifestaciones a las que asistía cuando vivía en Alemania. Recuerdo especialmente las manifestaciones neonazis, a las que solían ir dos centenares de neonazis, íbamos mil contra-manifestantes y unos mil policías.

La presencia policial era muy fuerte. Mirando los escudos de los agentes uno podía ver que se movilizaban policías de muchos Länder para las manifestaciones en una ciudad.

La organización solía ser perfecta y no dudaban en cortar calles, vías del tranvía e incluso del tren para separar a los manifestantes de los contramanifestantes y garantizar la seguridad de los miles de manifestantes antinazis, de los vecinos.polizisten
Había enorme presencia policial pero con grandes diferencias respecto a la policía antidisturbios catalana: todos los agentes tenían a la vista su número de identificación y su apellido (Schmidt, Keyser, Sahin o Mohamadou). No llevaban casco ni chalecos antibalas ni material disuasorio, que guardaban en las furgonetas dispuestas a distancia prudencial. Llevaban la cara descubierta y estaban dispuestos a contestar a las preguntas de cualquier ciudadano, fuese o no manifestante. De hecho esta es la obligación de un policía ¿No? Y esta disposición al diálogo era uno de los grandes alicientes de esas manifestaciones: uno podía entablar conversaciones sobre si procedían o no nuestras consignas, su actuación, nuestra presencia allí, etc.

Claro que en ocasiones la policía utilizaba la violencia. Según mi experiencia era precisamente para garantizar el derecho de manifestación. Así, viví como la policía dio empujones, sin material defensivo u ofensivo, para interponerse entre antinazis y nazis, o para alejar a los contramanifestantes, evitando el acceso de provocadores (los había) en las concentraciones neonazis… Insisto: cuerpo a cuerpo, usando más las palabras que los brazos.

Hasta aquí mis recuerdos, que seguramente dibujan una policía alemana diferente de la actual, y no solamente en el color del uniforme. En todo caso las diferencias con la policía catalana son enormes. Aquí tenemos policías que ocultan su identificación, que llevan defensas, máscaras y cascos hasta antes de que se concentren los manifestantes. Aquí tenemos uso de la violencia gratuita. Sí: gratuita. Lo he vivido yo, lo han vivido muchos otros y lo han denunciado organismos internacionales. Podemos hablar del desalojo de plaza Catalunya, del “setge al Parlament”, de la última huelga general y de las manifestaciones de ayer en Barcelona. Bien: la violencia tampoco es del todo gratuita: sirve para amedrentar, para disuadir al manifestante de manifestarse la próxima vez, para recordar al ciudadano de que el Estado no controla toda la violencia policial. Lo explicaba hace algún tiempo en este blog.

Se podrá decir que la alemana y la catalana son culturas políticas y democráticas diferentes. Se podrá decir que allí las manifestaciones son pacíficas y que no hay grupos “antisistema. Que no hay provocaciones por parte de los manifestantes. Que no hay incivismo.

Eso es falso. Es falso e improcedente.

Es sobretodo improcedente. Porque aquí no se trata de hablar de grupos violentos o incívicos, de estrategias de los manifestantes o de la naturaleza de las protestas. No. Aquí estamos hablando de un derecho fundamental de todos los ciudadanos, de los que son tildados como antisistema y de los que no, de los que protestan por la deriva cada vez más autoritaria del Estado o a favor de la independencia de Cataluña.

Visto lo visto, el derecho de manifestación en este país no está garantizado para grupos cada vez más amplios de la sociedad porque cada vez es más amplio el descontento. Si una ciudadana se siente intimidada y amenazada por los policías porque fue agredida gratuitamente en una manifestación pasada, porque he leído informes de Amnistía Internacional o porque sabe que ha habido manifestantes que han perdido un ojo aquí hay vulneración de un derecho fundamental reconocido en la Constitución, ese texto del que tanto habla la derecha.

Y aquí hay prevaricación y violación directa de derechos por parte de un gobierno que no solo no intenta mejorar la estrategia policial dirigiéndola a la protección del manifestante sino que tiende a reforzar todavía más la robotización de los policías y a proteger su impunidad.

Creo que por ello se debe intensificar la presencia en la calle para recuperar el derecho de manifestación. Por otro lado me pregunto, desde la ignorancia de jurista no práctico, si no ha llegado el momento de reclamar vía judicial contra el Estado que vulnera nuestros derechos de reunión y manifestación.
El debate sobre el incivismo, la violencia que no niego que pueda haber o sobre uniformes nos está haciendo perder de vista que, manifestación tras manifestación, nos están quitando los derechos fundamentales.